Cuándo fue que comer manzanas se volvió algo de ricos
Sin Reservas
Por qué ciertos productos son tan caros en la argentina actual, sobre todo, aquellos que nosotros producimos, como casi todos. Sobre todo, aquellos que se supone que debemos consumir más. Sobre todo, aquellos de productores chicos o que valen la pena comer. Y cuáles, aún son “baratos” en relación con estos y a los precios relativos internacionales.
Algunos me dicen que es por el monopolio de elementos necesarios en la producción: como frascos, botellas o el propio transporte. Otros, por los altos impuestos, otros por la falta de incentivos y ayudas estatales a los productores, otros por los costos laborales, otros por la ganancia en los eslabones intermedios de la cadena, otros por la falta de competencia, otros por la falta de un mercado local fuerte, otros porque los empresarios están apurados a recuperar la inversión en un país sin largo plazo, otros por la falta de previsibilidad y el aumento de precios “por las dudas”; y tantos otros o todos a la vez. La única verdad es que muchos de los productos primarios o a veces secundarios sin grandes complejidades en un país productor son más caros que en otros países no productores o con menor producción. Cómo se explica, ¿se explica?
Cuándo fue que dejamos de poder comprar manzanas sin que el precio sea el factor determinante –más allá de si es o no su temporada– lo mismo que un durazno o una banana –un kilo de ellos suele costar los mismo que todo un maple de huevos. La verdulería se volvió el espacio donde me impongo más restricciones en mi compra diaria, me parece insensato, demencial. Tengo el recuerdo de infancia donde la manzana era la fruta mínima, la que siempre estaba e iba a estar, en comedores, casas, escuelas; en cada lugar. Y hoy, miro sus precios anonadado en cualquier verdulería del barrio y tengo que privarme de comprar las que querría: ¡Manzanas! Qué triste. Cuándo se transformó en un gusto culposo comer cereales, ni hablar frutos secos, buenas mermeladas, aceites ricos, hongos, UN YOGUR rico o tantas otras frutas y verduras más allá de los tubérculos de siempre.
La mayoría de los derivados lácteos, sobre todo el queso o el yogur, tienen precios relativos muy altos. Por ejemplo, un kilo de yogur puede valer unos 3 dólares en España y unos diez acá. Y más allá de su precio comparativo, más importante es su valor en relación con el poder adquisitivo: muy alto para consumir diariamente. Con los quesos pasa algo más dispar, no son “caros” aquellos de consumo masivo, más ordinarios y en cambio, sí lo son aquellos artesanales o de más calidad. La misma relación sucede, a mí parecer, por ejemplo, con los fiambres, entre los de consumo masivo de mala calidad a precios más cercanos y los buenos o los sanos o los recomendables o las ricos o los de verdad a una distancia muy lejana.
Sí, es verdad que en Buenos Aires el pescado es cada vez mejor, más variado y barato aunque se consuma lamentablemente muy poco. También son baratos los huevos o el pollo, pero de mala calidad. También, en relación con sus precios internacionales, los cortes de carne de vaca más afamados y caros, son en argentina más baratos que en gran parte del mundo, más gente –aunque cada vez menos– puede acceder a buena carne, el piso de la carne argentina es alto –y su techo no tanto–. Eso se debe a que no existe, como sí en gran parte del mundo, una dispersión muy grande de precio entre los cortes menos demandados y los más prestigiosos, cosa que debemos resaltar y agradecer.
Más allá de sus precios o, justamente debido en parte a ellos, creo que nos acostumbramos a comer alimentos malos. A aceptar que un alimento digno es casi inalcanzable y eso es lo más triste. La resignación a que el jamón que nos llevamos a la boca es una plastilina de carnes recalchutadas y almidón, a que los tomates están congelados, las manzanas son feas y los huevos son pálidos y babosos. Lo aceptamos porque aceptamos que lo otro es para otros, nos lo hacen creer. No es así, pero tampoco exigimos lo contrario y en ese consumidor sin grandes demandas, muchas veces por falta de educación o conocimiento o inquietudes, está el productor que se aprovecha, si total...
“Hay pocos espacios donde la desigualdad social se vea más claramente que la mesa –o donde sea que cada cual come.
Durante décadas, la comida de los argentinos fue sorprendentemente igualitaria. La primera encuesta con datos ciertos –Comisión Nacional de Desarrollo, 1965– mostraba que los ricos y los pobres argentinos comían las mismas cosas. Carnes rojas y lácteos, frutas y verduras, pastas y panes en proporciones semejantes: era una representación de aquella Argentina injusta que –con justa razón– queríamos cambiar.
–La comida no era igual porque la carne de los pobres no era la misma de los ricos. El cuarto trasero de la vaca se iba a los barrios ricos, el cuarto delantero a los barrios pobres, y había ciertos cortes transversales que eran para todos: la tira de asado, la bola de lomo para milanesas, por ejemplo. Pero si yo hago una lista con la canasta de consumo de los pobres de entonces y se la muestro a una nutricionista me va a decir que es una alimentación de clase media. La cantidad y variedad de alimentos es incomparable con lo que comen ahora.
Me dice Patricia Aguirre, antropóloga, la persona que más estudió la alimentación nacional.
–Podía haber diferencias de precios y de gustos, por supuesto, pero la ingesta de proteínas era muy similar en todos los sectores –y, por eso, los pobres no tenían carencias alimenticias.
El modelo empezó a desarmarse en 1985, y el censo de 1996 ya consagra la nueva tendencia: la comida de los pobres es radicalmente distinta de la comida de los que no lo son. Ahora, en esta Argentina a la que parecemos resignados, hay comida de pobres y comida de ricos. Ya ni siquiera es una cuestión de cantidad, sino de composición: las clases altas y medias comen frutas y verduras y carnes –más blancas que rojas– que los mantienen flacos y quizá saludables, los pobres comen papas, arroces y fideos –azúcar, hidratos de carbono y grasas– que los llenan; muy poca carne, muy pocas frutas y verduras. Es una elección racional: las carnes son demasiado caras, las frutas y verduras no solo lo son; además, producen mucha menos saciedad que las harinas”. (Caparrós, 2014, El Hambre)

