Los octógonos negros, una medida tan necesaria como incompleta
Es necesaria, sí. Debe ser mejorada, también. Es un comienzo para una política de educación alimentaria sumamente escasa. Propongo octógonos verdes además de ampliar el concepto de "consumo preferente".
Debería ser obligaría una materia de nutrición, alimentación y cocina básica en todos los secundarios: estoy casi seguro que sí, pero eso es otro tema.
No puede ser que tengan el mismo sello, sin más –como si fueran igual de buenos o de malos alimentos–, un paquete de papas fritas industrial y un yogur natural sin conservantes ni aditivos con manzanas orgánicas –de exceso en grasas totales–; o que una margarina –siendo de los peores alimentos que podemos encontrar– o que una crema saborizada con gustos artificiales no tengan ni un sello, o que el mismo sello de exceso de azúcar pose sobre un sobre de jugo en polvo o en una mermelada con solo dos ingredientes –fruta y azúcar–, o que un honesto atún en aceite tenga un sello de exceso de grasas totales y una hamburguesa ultraprocesada no, o que el mismo producto como una aceituna verde con carozo si es de una marca tenga tres octógonos y si es de otra, tenga uno. ¿Eso indica que es de mejor calidad la que solo tiene un octógono? Seguramente no. Y así, tantos ejemplos confusos. Muchas veces los octógonos igualan alimentos que son sumamente dispares si de calidad hablamos. A veces confunden más de lo que aclaran, alertan más de lo que enseñan o igualan más de lo que deben diferenciar según calidades alimenticias y nutricionales.
Por eso, propongo, en vez de ir siempre por la negativa –exceso de calorías, de azúcares, de grasas saturadas, totales y sodio–, crear octógonos verdes por la positiva, que remarquen las bondades alimenticias y nutricionales del producto, que remarquen que un alimento o producto es mejor, más sano, más natural; más real. Por ejemplo, podría haber octógonos que indicaran: sin aditivos ni conservantes, sin colorantes ni sabores artificiales, de producción artesanal, sin ingredientes sintéticos, con menos de tres ingredientes, productos de cercanía, Denominación de Origen o Indicación geográfica –que debería haber muchos más en Argentina para enaltecer productos, controlar su calidad y diferenciarse de aquellos que no–.
Para poder comparar un queso o un yogur con una papa frita y una galletita industrial y que no tengan la misma cantidad de octógonos. Además de poder valorar un alimento por sobre otro dentro de su mismo rubro.
Otra humilde sugerencia es la de incorporar el concepto de “consumo preferente” para más productos además de la fecha de vencimiento para aquellos alimentos que, en realidad, no vencen, justamente, son los llamados alimentos “no perecederos”: como arroz y fideos secos, latas y conservas, aceites y grasas, dulces y mermeladas, alimentos y salsas fermentadas, etc. El “consumo preferente” mide calidad: el alimento es seguro después de la fecha recomendada, aunque puede perder algo de sabor o textura. En cambio, la “fecha de vencimiento” sí mide seguridad, indica que no se debe comer el producto tras la fecha límite por riesgo de bacterias.
Lo veo en redes, en amigos, lo veo en certámenes de cocina, en mi familia y la de muchos de nosotros. Muchos sabemos que los cometemos, incluso yo, pero seguimos conviviendo con ellos; por fiaca, por comodidad, por costumbre. Lo mejor es enemigo de lo bueno, pero tratar de saber qué es lo mejor no es despreciable. Cuál agregarías o quitarías.
Algunas de las panzadas más famosas y representativas de la historia de la gastronomía. El banquete quizás sea el hecho donde mejor se puede entender la alta cocina de cada época; qué era lo fastuoso, bien visto y vanguardista a lo largo de la historia a través de comidas únicas, menús pensados y preparados solo para esa ocasión con comensales que no son clientes sino, invitados.
Técnicas de cocción muy corrientes que, para mí, deben sepultarse. Muchas por supuestos olores, otras por comodidad, otras por ignorancia y otras, hasta por gustos inentendibles, porque, aunque digan lo contrario, de gustos está todo escrito. Por supuesto, siempre hay pequeñas excepciones a cada punto, pero por regla general es así. ¿Cuáles otras se te ocurren? ¿En cuáles no coincidís?
Entender por qué algo nos parece más rico –o más feo– es un gran paso para poder cocinar mejor, o al menos, a consciencia. Así como el umami o quinto sabor se transformó en uno de los términos y conceptos más repetidos y resonantes en la gastronomía mundial en la última década, ahora es el tiempo del kokumi.
El alimento básico y fundamental de este mundo, la causa de revoluciones y la consecuencia de otras. Su escasez desembocó en el inicio de la Edad Contemporánea. Granos duros y terrosos que se transformaron en la comida madre de la humanidad en variedades infinitas: pocos ingredientes pueden desembocar en innumerables formas, texturas y sabores. En este caso, los nuestros, aquellos que pueblan nuestras provincias, aquellos que se volvieron parte de la cultura popular argentina y casi no se encuentran en otros lares.